viernes, 30 de julio de 2010

Los árabes bebiendo de su propio veneno

Arabia Saudí fue quien inició la yihad diseminando la filosofía intolerante del wahabismo, siguiendo las enseñanzas de Mahoma “el guerrero”. A medida que se enriquecía con el petróleo, financió la construcción de mezquitas en todos los rincones de la tierra.
Según Reza F. Safa, autor de “Dentro del Islam”, desde 1973 el reino saudí ha gastado 87.000 millones de dólares para imponer el wahabismo en los Estados Unidos, Europa, África y el sudeste asiático.
De acuerdo a información oficial del gobierno saudí, se construyeron, y financiaron el mantenimiento de, 1.500 mezquitas, 202 colegios, 210 centros islámicos, y 2.000 escuelas musulmanas en Norte y Sudamérica, Europa, Asia y Australia.
Su venenoso discurso antioccidental fue indoctrinado en las madrazas. En sus mezquitas, sus clérigos infestaron a sus fieles de odio contra los cristianos y judíos. Su poderoso dinero compró la mayoría de los medios de comunicación, que hoy, o callan la brutalidad de sus crímenes cometidos bajo la sharia, o tuercen la verdad de sus intenciones y acciones.
Los saudíes tuvieron un éxito tan colosal, que hoy la yihad excede a su control. Al Qaida, nacida en su seno, es el alumno que se volvió más severo que el maestro, y es su más temible juez, puesto que exige mayor rigidez de sus monarcas.
La Guerra Santa no sólo fue adoptada por los sunís sino que los chiitas de Irán también quieren conquistar el globo e imponer su propia versión del Islam, creando un nuevo califato. Y es aquí donde comienza el peligro para los árabes, particularmente para los más débiles militarmente, y consecuentemente los más moderados: los Emiratos Árabes Unidos.
Los Emiratos desean abrirse al mundo como centros turísticos y de negocios, pero Irán los puede conquistar o hacer añicos en minutos. Desde otro vulnerable flanco, si los terroristas atacan en sus países, acabarían con sus pacíficas aspiraciones y multimillonarias inversiones, por tanto, tienen coimeados con muchos millones a los palestinos para que no les pongan bombas. Y por supuesto a Al Qaida, a quien no le gusta ver tierra árabe pisoteada por los infieles.
Si Irán adquiere poderío nuclear, destruirá a todo aquél que se le ponga enfrente, y buscará obtener el dominio absoluto sobre los sunitas, porque ante el califa deben postrarse todos los musulmanes.
Turquía, persuadida de que la guerra será ganada por los ayatolas, quiere sacar tajada y decidió unírseles, separándose voluntariamente, aunque no oficialmente, de Europa y de la OTAN, haciéndole un gran favor a Occidente.
Todo esto sucede mientras Estados Unidos exige mayores sanciones contra Irán, y Rusia declina enviarle misiles para su sistema de defensa antiaéreo.
Irán, de improviso, frente al rechazo que genera en el colectivo árabe, está buscando el apoyo de su milenario competidor por la supremacía islámica: Arabia Saudí. Su Ministro de Exteriores dijo que: “las diferencias entre ambos países sólo sirven a los intereses del régimen sionista y los enemigos de la región y el mundo musulmán”. Habló de “cooperación” y de “promover las relaciones bilaterales al más alto nivel”.
Los saudíes saben que no pueden confiar en los iraníes, y están tan preocupados por los ayatolas, que dieron a entender que cerrarán los ojos, permitiéndole el uso de su espacio aéreo a Israel, de manera que pueda defenderse, y defenderlos, lanzando una guerra preventiva contra Irán. Al fin y al cabo si va a haber un nuevo califato, éste tiene que ser de la familia Saud.

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